(de Cuadernos de un luchador mejicano, 2010)

Me embola el celular sobre la mesa cuando hablamos. Me embola el humo del cigarrillo. Me embola el tipo de la mesa del frente que no te saca los ojos de encima. (Me embola no tener un hacha). Me embola no decirte lo que realmente siento. Me embola no decirte nada. Me embola decir que sí, que está bien, que me parece buena idea esto de no vernos más cuando lo único que quiero es pedirte que te quedes conmigo para siempre. Me embola no saber quién te llama. Me embola saber quién te espera. Me embola quedarme así con dos tazas vacías de café barato un cenicero lleno y la seguridad de que más tarde otra vez la noche y su manzana poblada de gusanos verdes y amarillos.